Por:María Eugenia Gorostiza
Lic. Comunicación Social
Hay espacios culturales que trascienden la mera exhibición de obras y se convierten en actores fundamentales de la escena artística. Fundación Proa es uno de ellos. Inaugurada en 1996 en el barrio de La Boca, frente al Riachuelo y al tradicional paseo de Caminito, nació con el objetivo de acercar al público argentino las principales expresiones del arte moderno y contemporáneo a través de exposiciones de nivel internacional, programas educativos y vínculos con instituciones de prestigio mundial.

Treinta años después de sus comienzos, Proa vuelve a asociarse con la Dia Art Foundation para presentar Penumbra, una de las exposiciones más importantes de los últimos años en Argentina. La muestra reúne artistas que nunca habían sido exhibidos en conjunto en el país y propone una experiencia donde la luz deja de ser un recurso para iluminar las obras y se transforma en el lenguaje mismo del arte. Cada sala invita a comprender que la penumbra no es oscuridad, sino un territorio de transición donde la percepción se vuelve más lenta, más consciente y profundamente humana.
Aquí la obra deja de ser un objeto aislado para convertirse en una experiencia. El visitante ya no contempla solamente una pieza: participa de una relación cambiante entre el espacio, el tiempo y su propia mirada. Esa es, precisamente, la fuerza de la muestra.
Cada uno de los artistas desarrolla esa idea desde una perspectiva particular.
Agnes Martin encuentra la penumbra en el silencio. Sus pinturas, construidas con delicadas líneas y sutiles variaciones cromáticas, obligan a detener la mirada y descubrir matices que solo aparecen con el paso del tiempo. En la blancura de la sala, donde la iluminación parece fundirse con las paredes, cada línea adquiere una presencia casi meditativa.
Andy Warhol sorprende con Shadows, una serie donde la sombra deja de ser un elemento secundario para convertirse en protagonista. A través de la repetición y la serialidad, transforma un motivo cotidiano en una experiencia visual siempre cambiante.
James Turrell lleva esa búsqueda un paso más allá al borrar la frontera entre la luz y la materia. Sus instalaciones convierten la luz en un elemento físico capaz de modificar la percepción del espacio y hacer dudar al espectador sobre aquello que realmente está viendo. Los brillos tornasolados y las transparencias invitan a atravesar los límites entre lo visible y lo invisible.
Robert Irwin profundiza esa exploración trabajando sobre los bordes entre la luz y la oscuridad. Sus obras exigen una observación atenta y hacen que el visitante tome conciencia de su propio acto de mirar. Más que detenerse en el objeto expuesto, la experiencia se construye en la relación cambiante que cada persona establece con él.
Richard Serra incorpora la dimensión del peso y la gravedad. Sus esculturas de acero muestran cómo la materia puede generar tensiones espaciales y emocionales, mientras la sombra aparece como una consecuencia natural de su monumentalidad. Aunque las piezas exhibidas en Proa se presentan en una escala más contenida que sus obras más conocidas, conservan intacta esa sensación de solidez, tensión y equilibrio.
John Chamberlain utiliza fragmentos de automóviles comprimidos para crear esculturas donde el metal refleja y absorbe la luz con una intensidad sorprendente. Su producción dialoga con la sociedad de consumo nacida en la posguerra y con el auge del fordismo, cuando el automóvil se convirtió en símbolo del progreso, la producción en serie y el consumo masivo.
Walter De María incorpora el tiempo, el sonido y la resistencia física como parte de la experiencia artística. El cubo expuesto en la sala, atravesado por la luz, demuestra que incluso una forma geométrica aparentemente rígida puede transformarse según el punto de vista del espectador, revelando que toda percepción contiene múltiples verdades.
Tehching Hsieh convierte el tiempo en su principal material de trabajo. Sus performances y registros audiovisuales invitan a reflexionar sobre la duración, la espera y la condición humana. La inmensidad de sus imágenes parece extender el horizonte hasta convertir el caminar en una metáfora de la búsqueda existencial.
Felix Gonzalez-Torres propone una de las obras más poéticas de la muestra mediante una cortina translúcida que filtra la luz natural. La obra cambia a lo largo del día y demuestra que el arte también puede ser aquello que sucede de manera casi imperceptible. Esa transformación constante recuerda que la creación permanece viva porque nunca deja de modificarse.
La selección de estos artistas no es casual. Todos fueron protagonistas de una transformación decisiva en la historia del arte contemporáneo: dejaron de pensar la obra únicamente como un objeto para contemplar y comenzaron a entenderla como una experiencia en la que el espectador completa el sentido. Allí reside, precisamente, la esencia de Penumbra.
Pero una exposición también puede abrir preguntas que trascienden lo estrictamente artístico. Fundación Proa mantiene desde sus orígenes el respaldo de Tenaris y Ternium, empresas del Grupo Techint, cuyo aporte permitió consolidar uno de los centros de arte contemporáneo más importantes de América Latina. Nadie puede desconocer la importancia de ese apoyo para el desarrollo de proyectos culturales de enorme calidad ni el acceso que ha brindado al público argentino a artistas fundamentales del arte moderno y contemporáneo.
Sin embargo, esa realidad convive con otra que también forma parte del debate público. Mientras esas mismas empresas financian algunas de las exposiciones más relevantes del país, enfrentan cuestionamientos vinculados con conflictos laborales, despidos y procesos de ajuste en distintas plantas industriales. Esa convivencia entre el mecenazgo cultural y las decisiones empresariales no invalida el valor artístico de la muestra; por el contrario, invita a reflexionar sobre las tensiones que hoy atraviesan la relación entre cultura, poder económico y responsabilidad social.
También cabe preguntarse cuál es el papel de los beneficios fiscales y de los distintos regímenes de promoción cultural en este tipo de iniciativas. Si bien el patrocinio privado resulta fundamental para sostener muchas instituciones artísticas, es válido discutir hasta qué punto esos incentivos forman parte de una estrategia de responsabilidad social empresaria, de posicionamiento institucional o de ambas cosas a la vez.
Lejos de disminuir el enorme valor artístico de Penumbra, estas preguntas lo enriquecen. Porque quizá la verdadera penumbra no habite únicamente en las obras expuestas, sino también en esa zona intermedia donde conviven el arte, el poder económico, la construcción de prestigio y la responsabilidad social empresaria. Allí, como ocurre en la muestra, las respuestas no son absolutas. Lo importante es no dejar de mirar.
Queda un anhelo: que cada vez más instituciones abran sus salas también a artistas que aún permanecen fuera de los grandes circuitos de legitimación, porque el arte también se construye desde los márgenes. Y que, del mismo modo, quienes sostienen con su trabajo cotidiano las grandes industrias sean reconocidos en su singularidad, no como una pieza más de un sistema productivo, sino como personas únicas e irrepetibles, capaces de crear, transformar y dejar una huella.
Tal vez allí resida otra forma de comprender el arte: descubrir que la creatividad y la dignidad también habitan en el trabajo de cada ser humano.Contenido de la nota


