Por: Carolina Del Valle Muñoz
Lic. en Comunicación Social
En un día invernal gris y lluvioso, y en el abrigo de una cafetería platense configuro un encuentro con Ana María Stelman. Me preparo para un viaje en el tiempo con ella tras cuarenta años de vivencias como docente. Frente a mí, los ojos de Ana María guardan la memoria de mil batallas silenciosas que ha decidido volcar en su libro “Maestra de trinchera, del aula al mudo”.

Foto por: Candela Mazas- IG @cande_mazass
Ana María, ¿Qué expresas en el libro que no pudiste decir en su momento?
Lo que hice fue analizar cuestiones que pasan en la escuela y que son muy difíciles de dar cuenta cuando uno está en el ejercicio, porque el sistema mismo no te lo permite. El maestro tiene que hacer lo que le piden, mostrarlo y, por otro lado, hacer lo que hace falta. Ese doble juego, emocionalmente, también es un desgaste que produce estrés, agotamiento de estar haciendo un doble registro de lo que sucede.
¿De qué manera te resguardaste de todo ese ruido mental?
Estar en la trinchera. Cerrar la puerta del salón, mirar a los chicos a los ojos y actuar con el corazón. Tuve la suerte de tener acompañamiento de directivos y compañeros que me permitieron hacer cosas, y otras veces me las arreglé yo. No sirve el trabajo docente solo desde lo educativo, porque trabajamos con seres humanos. Es buscar la vuelta cuando un niño no aprende: qué puedo hacer, leer, dar cursos. Buscar la capacitación necesaria para el lugar donde yo estoy trabajando, más allá de las que sean oficiales. Cada comunidad educativa tiene su particularidad, su impronta, su necesidad; entonces, uno tiene que apuntar a esa capacitación.
No habla desde la soberbia del reconocimiento, ya que ha quedado elegida como una de las diez maestras más destacadas a nivel mundial, sino desde la empatía de quien conoce el barro, el frío y la sordidez de las dificultades.
¿Forma parte de tu esencia buscar la manera de dar soluciones a una problemática o lo descubriste en el proceso?
Lo hago porque no tengo tranquilidad si veo que los chicos no avanzan. Es buscarle la vuelta: todos son buenos en algo, no todos son buenos en lo mismo. Tuve un alumno, en una oportunidad, que no quería leer, no quería trabajar, estaba negadísimo, pero había tenido una situación emocional muy fuerte. Entonces, fui proponiendo cosas, fui ofreciendo situaciones de aprendizaje hasta que logré captar su atención. La mamá también estuvo muy comprometida. Los ayudé y tuve la suerte de verlo egresar del secundario. Los chicos, a veces, necesitan tiempo, necesitan otros recursos, otra mirada.
Mientras bebemos los sorbos de un cafecito humeante, me cuenta que había días en los que entraba al aula y faltaba todo menos las ganas. Los salones estaban desprovistos de muchas cosas.
¿Qué herramientas concretas usaste para ayudar en este espacio de vulnerabilidades?
Yo estudié la Tecnicatura en Saneamiento Ambiental, porque me di cuenta de que había que trabajar la parte ambiental y no existía mucho material en esa época. Empecé con un pequeño curso; hice también Ciencias de la Educación, desarrollo de proyectos, planificación, las didácticas. No terminé la carrera porque no me interesaba trabajar como profesora, sino en el aula. Nunca quise acceder a un cargo jerárquico; mi formación siempre apuntó a eso. También tengo una formación en emprendedurismo, la que me ayudó a la hora de plantear contenidos desde una mirada relacionada con para qué sirve la escuela. Iba viendo qué era lo necesario y apuntaba a eso. Mi primer proyecto nació en una escuela rural en Melchor Romero. Los chicos querían leer, la biblioteca estaba cerrada, no tenían mucha bibliografía. Yo creé un diario que se llamó El Correo Ecológico, que tenía transversalidad de contenidos: trataba todos los contenidos desde la mirada ecologista. Con toda la inocencia de la juventud, lo presenté en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires. Lo presenté porque me parecía que eso tenía que llegar a todas las escuelas, y me lo aprobaron y se le asignó dinero.
Ana María recuerda a los alumnos rotulados como “violentos” o “agresivos”. Mientras el sistema, a veces, elige apartar la mirada, ella eligió acercarse. Supo leer detrás de esas acciones ofensivas; entendió que eso no era maldad, sino el resultado de hogares rotos.
“No sirve el trabajo docente solo desde lo educativo, porque trabajamos con seres humanos.”
“Cada comunidad educativa tiene su particularidad. El docente debe buscar la capacitación necesaria para responder a esa realidad.”
¿Cómo ves la violencia inserta en los colegios?
La escuela siempre fue el espejo de la sociedad. La mirada que te doy está posicionada en las escuelas en las que yo trabajé, muchas veces en barrios precarios, donde los chicos viven la violencia todos los días. Vos llegas el lunes y les preguntas cómo estuvo el fin de semana, y tenes que atajar las respuestas que vienen: “Estuve en un tiroteo”, “Me escondí debajo de la cama”, “Se llevaron en cana a mi mamá”; mil respuestas que no son habituales en otras escuelas. Y si vienen con esa violencia, al entrar a la escuela no pueden adaptarse, y es complejo. No es que entran a la escuela y se cambian el chip. Los chicos no están acostumbrados a recibir explicaciones, sino a recibir el coscorrón. Entonces, ¿ellos cómo van a reaccionar adentro de la escuela? Hay violencia, pero hay que ver si la sociedad no es violenta con ellos. Un chico parado en un semáforo pidiendo plata recibe la indiferencia de la sociedad; la escuela refleja todo eso y lo compacta. Ayer conté la experiencia con los caballos, con un grupo de chicos muy agresivos, y, a partir de poder ver cuándo el caballo tenía determinada actitud, tenían que interactuar entre ellos. Ese grupo terminó de una manera hermosa, porque empezaron a registrarse y a tratarse de una manera empática. Pero eso hay que enseñarlo, eso se aprende. Por eso yo insisto en que las escuelas deberían tener un acompañamiento diferente: no se les puede dar el mismo apoyo profesional a todas las escuelas.
¿Qué pensas sobre la formación docente?
Hay que reverla ya. Los docentes no llegan con una idea de la realidad. Por eso, en el libro, yo volqué mis experiencias para poder pasarlas a otra camada de docentes. La formación está muy alejada de la realidad del contexto. Vos podés tener la mejor planificación, pero cuando llegas y ves el emergente, tenes que adaptar todo a ese emergente.
La formación docente, para Ana María, es un río que no deja de correr, y es consciente de ello.
“La responsabilidad de la educación es de todos.”
“Si no logramos acortar las brechas, vamos a llegar a un punto en el que no tendremos una sociedad justa y nos vamos a perjudicar todos.”
¿Sentís que están solos en esto los docentes?
Sí, porque el maestro es el que está en el territorio, el que tiene los pies en el barro. De hecho, algunas capacitaciones están hechas desde un escritorio, sin haber pisado una escuela.3
¿Consideras que los docentes tienen voluntad para continuar su tarea o les gana la desmotivación?
En todas las profesiones hay buenos y malos profesionales. He visto maestros que entran a estas escuelas tan complejas y, a los dos días, renuncian. Porque ese docente no está preparado y es lo suficientemente responsable para decir: “No puedo, me voy”. No es fácil estar ocho horas con un grupo tan heavy, donde vos tenes que hacerte cargo de darles de comer, donde no cocinás, pero sos responsable de la conducta mientras comen, mientras permanecen. Entonces, hay que tener cintura para quedarse a manejar esa situación.
¿Qué destacarías de esta profesión?
Es un trabajo en equipo, y tuve la oportunidad de trabajar con maestras jovencitas, con buenas propuestas y abiertas a escuchar y realizar proyectos donde los chicos recibían atención de calidad; proyectos de ciencias, de letras, donde los alumnos se entusiasmaban y querían leer un cuento o ver una película, y trabajar de manera innovadora y creativa.
Ana María, de ahora en más, ¿Qué tenes pensado hacer, ya que estás jubilada?
Quiero continuar con la formación docente, brindando seminarios o charlas. Aún no sé cómo, porque no tengo que perjudicar mi jubilación, pero la idea es seguir volcando mis experiencias y evacuando consultas que surgen en los salones.
¿Qué significa para vos este libro?
Poner en palabras emociones, sentimientos, experiencias y situaciones que me angustiaron, y creo que podrían modificarse. Me gustaría que sirva para acortar brechas. He visitado escuelas que tienen realidades diametralmente opuestas a las que yo viví con mis alumnos. Quiero que mi aporte sea para reflexionar. La responsabilidad de la educación es de todos; es el futuro mismo de ella. Vamos a llegar a un punto en el que no vamos a tener una sociedad justa y nos vamos a perjudicar todos.
Estas palabras, dichas desde el corazón, reflejan una filosofía humana plasmada en su libro Maestra de trinchera, que es una especie de manifiesto que quiere dejar como legado para las generaciones venideras. El aula formal ha quedado atrás. Ahora llegó la jubilación, pero el guardapolvo lo lleva en el alma. Ana María no concibe el descanso pasivo; por eso dibuja nuevos proyectos.
Afuera del café, la tarde platense empieza a caer y las luces de las calles se encienden despacio. Nos retiramos, ella con una sonrisa tranquila, dejando en el aire la certeza de que, mientras haya en el mundo un niño buscando un rumbo, habrá una maestra encendiendo una palabra para alumbrar el camino.


