(1er entrega)
Por: Hérnan Sassi
Doctor en Letras
Para Miguel Gianetti, director de orquesta, in memoriam
Como Musil y Charles Laugthon, aunque escribió más, Ermanno Cavazzoni es recordado por una obra, Vidas breves de idiotas (1994), compendio de viñetas, a cada cual más hilarante, con las que retrató a pirómanos y a monomaníacos, a melancólicos tiernos y a seres inclasificables como ese sobreviviente de un campo de concentración que agradecía la sopa diaria, el clima que le tocó en Mauthausen, y sobre todo, el no haber tenido que costearse el boleto de tren en su traslado.
Para este gran autor italiano, el idiota, reverso del pícaro, es una “especie de santo que padece y goza como los santos tradicionales”.
Quienes integramos la gran familia de la escuela no podemos no vernos identificados en algún rasgo de los personajes que componen la siguiente antología inspirada en esa pequeña gran obra de Cavazzoni.
I. Las lloronas
El fama se quejaba envuelto en su sangre y su tristeza.
Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar
Desde que la escuela existe, quien está al frente de un curso cumple con su tarea sin hacer alharaca. Por razones que van más allá del magro salario recibido, en el último tiempo hay docentes que tienen predilección por el lamento. Con resoplidos y meneos de cabeza, en la sala de profesores se oyen los cacareos de estas gallinas que no ponen huevo: “que no tienen respeto por nada”, “que no me escuchan”, “que no saben lo que quieren”, “que no leen ni una línea”, “que son vagos y mal entretenidos”.
Igual da que sea varón o mujer. A las lloronas no las define ni el sexo ni su talante quejumbroso o de alegría fingida, sino su impostura frente al conocimiento y a sus padecientes, los estudiantes. Estos maestros o profesores son loros repetidores que, por años, dictan la misma clase, paradójicamente, en espera de un cambio que ilumine su vida gris.
En su añoranza de un paraíso perdido que nunca existió, se potencian con otras figuras que se les parecen, papis y mamis de chat que las defenestran a sus espaldas y hasta se apersonan con el tupé de enseñarles cómo hacer mejor su labor.
Las lloronas cobran lo mismo que maestras y profesores confiados en que lo hecho en un aula vale la pena o algún día lo valdrá; menos que un camionero, más que una enfermera. No lloran “de grupo”, como decía mamá al referirse a las lágrimas de cocodrilo de una vecina. Les da pena darse cuenta de que tiraron la toalla sin haber dado pelea. Las desvela advertir que siguieron a pie y juntilla las órdenes de burócratas e inmorales. En realidad, lo que les envenena el corazón es su impavidez ante lo que, a su parecer ya está perdido, y para los docentes que cuentan y se recuerdan, aún está por verse.
II. Directores de orquesta y estatuas de escuela
Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a ver porque ellas no se molestan.
Historias de cronopios y de famas de Julio Cortázar
Todo directivo escolar es también un director de orquesta. Escuela normal (2012) de Celina Murga, documental filmado en la primera institución destinada al magisterio fundada por Sarmiento, lo prueba. Atenta a si algo falta, la directora del colegio deambula por aulas, pasillos y baños. La vemos reprender con cariño a grandulones que juegan a la pelota en el patio; recordarle a otros, que aún adeudan materias, que ella espera las rindan cuanto antes; y también la vemos resolver contratiempos junto a docentes que, con mirada y acto, le responden como los músicos a su director de orquesta.
Todos hemos conocido directoras y directores así, confiados en que “el ojo del amo engorda el ganado”. Son personas de oído absoluto que, estén o no presentes, tienen el don de hacer, en medio del bullicio de los recreos y del murmullo de las clases, que todo en un colegio suene, como decía mi vieja, “como Dios manda”. Esto es, que el diario trajín devenga potencia y energía transformadora. No hay por qué coincidir ideológicamente con ellos o ellas, pero sí, como en una orquesta, contar con un mismo compromiso de conjunto, que es lo que realmente cuenta, no sólo en la escuela.
Deberíamos honrar el compromiso de quien se animó a conducir una escuela. Retribuirlos en forma y elegirlos por los méritos en su trabajo a conciencia, y por las ganas locas de pasarse horas y horas en una escuela junto a pibes y pibas que a veces son los hijos que no tuvieron, sería un modo de honrarlos.
Si alguna escuela es barco firme en el naufragio, es en gran medida, gracias a su conducción, muy mal retribuida, insisto, tanto que cobran menos de lo que gana un docente aficionado a suplencias a las que no va y a cursos donde nunca se lo ha visto. Sin embargo, al final de su carrera dejan el cargo bien pagos con el reconocimiento de auxiliares, alumnos y de docentes que han hecho, gracias a su confianza, que un aula suene a banda de rock.

Hay escuelas en las que está vacante el puesto de director de orquesta. Su lugar lo ocupan personas abatidas que llegaron a autoridad como a su ansiada isla desierta, a su jubilación anticipada y en funciones. Hacen la plancha como modo de dejarse morir en vida. La desaprensión de estos tiempos sin épica ni tragedia los modela, pero más, mucho más, las pruebas de selección de personal a las que los sometemos, que son las que les atan las manos, les quitan las pocas fuerzas con las que habían llegado allá arriba. Son ellas, en realidad, las que terminan por desollarlos.
Del aspirante a servir al monarca en el antiguo Egipto y en la China imperial se esperaba que pudiera reponer la sabiduría condensada en libros sacerdotales, de filosofía y poesía. Esas lecturas, pero más, esa memoria atesorada y la prueba de que para algo servía esa memoria, forjaban el carácter de autoridades a las que valía la pena servir. Por el contrario, a los futuros miembros de la burocracia escolar los evaluamos como a abogados replicantes. Quien mejor recuerda el inciso 10 del artículo 3 de tal o cual resolución es quien obtendrá el cargo mayor.
El cine los retrató. Son la piedra en el zapato en La sociedad de los poetas muertos y en Escuela de rock. En la escuela son viejos conocidos. Son paranoicos que no se mueven un ápice de lo reglamentado por la palabra leguleya. Verdadera “máquina de impedir”, logran que la institución a su cargo muera lentamente hasta que un día un director de orquesta vuelve a darle vida.
En sindicatos, en la muni y en cualquier repartición de Estado proliferan estos seres parasitarios. Muchos trabajamos a su servicio y, lo reconozcamos o no, en más de una oportunidad nos convertimos en una de estas estatuas semovientes de la escuela.
Como los docentes que no conocen los rincones de la escuela, estas autoridades viven a la espera de un nombramiento que, muchas veces, llega. ¡Cómo les brillan los ojos cuando se los anoticia de que han llegado a inspectores, secretarios o ministros! Es el reverdecer de la vida en medio de una senectud anticipada que los había agriado. En ese momento, algunos de ellos mudan de piel y se convierten en los más fervientes guardianes de la fe.


