Por: Redacción enelAula

Argentina ha empezado a cambiar su mapa demográfico, pero los edificios escolares no se mueven con la población. La caída sostenida de la natalidad anticipa que en los próximos años habrá muchos menos niños en edad de ingresar al sistema educativo. Y ese dato abre una discusión que debería comenzar antes de que sus consecuencias sean evidentes: ¿qué hacemos con los establecimientos educativos construidos en barrios donde la población infantil puede reducirse drásticamente?.
El problema no es solamente cuántos chicos nacerán, sino dónde nacerán y dónde vivirán. Mientras algunos barrios envejecen y pierden población infantil, otros crecen, se expanden hacia las periferias o reciben nuevas familias. La matrícula puede desplazarse; un edificio escolar, no.
Allí aparece una paradoja que la planificación educativa deberá enfrentar: podríamos tener escuelas con capacidad ociosa en determinados barrios y, al mismo tiempo, necesitar nuevas vacantes a pocos kilómetros de distancia. ¿Qué se hace entonces con la infraestructura que queda en el lugar equivocado?.
Los datos permiten empezar a mirar ese escenario antes de que ocurra. Entre 2016 y 2025, la población argentina de 3 a 5 años cayó un 31%, de aproximadamente 2,25 millones a 1,56 millones. Según las proyecciones reunidas por Argentinos por la Educación, entre 2025 y 2030 esa población podría reducirse otro 16%, hasta alrededor de 1,31 millones. De sostenerse la tendencia, serían unos 250.000 niños menos en edad de asistir al nivel inicial en apenas cinco años.
La novedad no está en advertir que habrá jardines con menos alumnos. La cuestión es qué hacemos con una infraestructura educativa diseñada para otro mapa demográfico. Un jardín construido hace veinte o treinta años respondió a la cantidad y distribución de familias de aquel momento. Pero los barrios cambian. Aparecen nuevos desarrollos urbanos, se expanden las periferias, algunos sectores reciben familias jóvenes y otros envejecen. El edificio, en cambio, permanece.
¿Estamos cruzando hoy los datos de nacimientos con el mapa de escuelas, la construcción de viviendas, el crecimiento de los barrios y las posibilidades de transporte? Saber que en una provincia habrá menos chicos no alcanza para planificar. Es necesario saber en qué municipios, localidades y barrios disminuirá la población infantil y en cuáles seguirá existiendo o creciendo la demanda.
La caída de la natalidad puede generar, entonces, una geografía educativa desigual: capacidad disponible en determinados territorios y necesidad de nuevas vacantes en otros. Y allí surge un problema material difícil de resolver. Los docentes y algunos recursos pueden reasignarse; los edificios no pueden trasladarse.
¿Se cierra una escuela porque ya no tiene la matrícula para la que fue construida? ¿Se reconvierte? ¿Puede utilizarse para ampliar la cobertura desde los tres años, ofrecer jornadas más extensas o incorporar otros servicios para la primera infancia y la comunidad? ¿Y qué ocurre si, mientras tanto, faltan establecimientos en un barrio nuevo a pocos kilómetros?.
La menor cantidad de nacimientos no debería leerse automáticamente como una señal de que sobran recursos. Todavía existen deudas de acceso: el informe de Argentinos por la Educación señala que la escolarización formal alcanza aproximadamente al 58% de los niños de 3 años, al 87% de los de 4 y al 99% de los de 5. Una menor presión demográfica puede ser una oportunidad para incorporar a quienes siguen afuera y para mejorar las condiciones educativas.
Pero para aprovechar esa oportunidad hay que anticiparse. Si la única reacción frente a la caída de matrícula es cerrar salas o establecimientos, la transformación demográfica se convertirá en una política de achicamiento. Si, en cambio, se observa dónde están cambiando los barrios y dónde estarán los chicos en los próximos años, puede convertirse en una oportunidad de reorganización.
¿Dónde estarán los niños que necesitarán una escuela en 2030 o 2035? ¿Coincide ese mapa con el de los edificios que ya tenemos? Esas preguntas deberían formar parte de la planificación educativa antes de que las aulas vacías las vuelvan inevitables.
La demografía ofrece una ventaja poco frecuente: permite mirar el problema antes de tenerlo encima. Los nacimientos de hoy anticipan buena parte de la matrícula de los próximos años. Por eso, el desafío no consiste solamente en contar cuántos chicos habrá, sino en decidir qué hacer con un patrimonio educativo construido para una población que está cambiando.
La pregunta que empieza a aparecer es incómoda, pero concreta: ¿qué hacemos con las escuelas donde ya no nacen chicos? Y, al mismo tiempo, ¿cómo evitamos descubrir demasiado tarde que las escuelas que necesitamos quedaron lejos de donde están naciendo y creciendo las nuevas familias?




