Por: María Florencia Gómez Chavarría.
Profesora de Historia
A más de dos siglos de la Revolución de Mayo, volver sobre la idea de revolución implica revisar nuestra historia, nuestras disputas y los sueños pendientes de una nación que todavía busca su rumbo.

Han pasado 216 años de la formación del primer gobierno patrio, del inicio de la Revolución de mayo, que culminaría seis años después en la declaración de la independencia.
En la historia, las palabras que usamos para mencionar sucesos, los conceptos históricos, muchas veces se desdibujan en el verdadero significado, y nos vemos forzados una y otra vez a repensarlos. Que distinto nos suena a nuestros oídos la palabra revolución de acuerdo con el lugar y el contexto donde la escuchemos, cuantas veces es mal interpretada, e incluso vapuleada; puede producirnos honor, y a la vez vergüenza. Defensores y enemigos la usan y han usado dándole sentido y valores diferentes, la han usado para defender la patria, y para nombrar procesos que desangraron a la nación por dentro. Pero la revolución, en esencia, no deja de ser lo que es, un cambio profundo, visceral, muchas veces doloroso, pero que engendra una realidad nueva que llena de orgullo a muchos, y da sentido a la vida de otros tantos. Pero no es menos cierto que tiempo después todas las revoluciones han sido reinterpretadas y desdibujadas en la letra de algunos que pretenden apropiarse de su sentido originario. A veces se la vacía de contenido, o se recorta su significado, como ese cuadro al estilo Billeken que nos inculcaban como cuento en la escuela primaria, en una actuación ridícula de damas y caballeros paseantes, y alegres negritos vendedores.
Por suerte la historia no se escribe de una vez y para siempre. En las últimas décadas pudimos presenciar un resurgir del valor de la Historia como ciencia, y en muchas aulas se respira el pensamiento crítico. Pero, en contrapartida, prolifera el “análisis” en 140 caracteres, historias en 60 segundos, falsos profetas, y búsqueda desenfrenada de likes; que desdibujan, y en ocasiones se mofan, de la figura de nuestros próceres.
No me gustan los anacronismos históricos, pero no dudo que se rajarían las vestiduras Moreno y Belgrano si vieran las acciones que algunos argentinos defienden en nombre de la libertad y la grandeza de la Argentina, que no llorarían a moco tendido viendo lo que un grupo de arrogantes egoístas han hecho y hacen en nombre de la nación.
Por eso, repensar la revolución hoy se nos hace necesario. Quienes al idearon y llevaron a cabo, es verdad, que eran hombres, como todos, con defectos y virtudes; pero sobre todo con un verdadero interés y un sueño enorme, de construir una nación grande y soberana. Sin embargo, pensar esto deja de lado una parte de la historia.
En la formación de nuestro primer gobierno patrio, ya existía esa esencia argentina de la contradicción. Muchos hombres fueron movidos a la revolución por meros intereses económicos, e incluso se hubieran conformado con conseguir el libre comercio.
Esta disputa entre libertad económica, soberanía de gobierno, grandeza de nación, se perpetuó en el tiempo. Hace dos siglos había un “nosotros” y un “ellos” que cada uno miraba con lente propio. Y a lo largo del tiempo se fue traduciendo de distintas maneras, en la dicotomía interior-centro, puerto-campo, unitarios-federales, civilizados y bárbaros. Y con el correr de los años en otras, pero siempre creyéndose unos los representantes de esa argentinidad que, en definitiva, todavía nos cuesta definir, pero que siempre ve a otro argentino como el culpable de todos sus males.
Pensar la Revolución de Mayo hoy es, por todo esto, un ejercicio necesario y urgente. Los debates económicos de hace dos siglos siguen siendo, en esencia, los mismos; y el anhelo de construir una gran nación también.
Revivamos los ideales más altruistas que movieron a la mayoría de los cabildantes de 1810, el amor por la tierra y el trabajo, la soberanía, la construcción de un país grande. Revivamos el coraje de aquellos soldados sin nombre invisibilizados en el relato y en los oleos por mulatos o mestizos. Redescubramos el protagonismo femenino que podía avergonzar y cuestionar más de una hombría. Recuperemos el interés por la educación y la producción local que ya enaltecía Belgrano.
Analizar y enseñar nuestra historia hoy sigue siendo discurrir y saltar entre todas nuestras dicotomías. Pero también seguir soñando para que la distancia entre los “ellos” y los “nosotros” se disuelvan algún día y podamos tirar todos juntos realmente para un mismo lado.


