Por: Carolina Del valle Muñoz
Lic. en Comunicación Social
El dolor en la adolescencia suele manifestarse de formas que el mundo adulto no siempre sabe descifrar. En diálogo con el Profesor y Licenciado en Psicología, Jorge Prado, Docente de Salud Pública y Salud Mental en la UBA, él detalla las causas detrás de esta crisis y la importancia de habilitar espacios de escucha genuina en la escuela y el hogar, un desafío urgente ante el crecimiento alarmante de cifras de suicidio en la Argentina.

—Licenciado, ¿cómo podemos definir desde la psicología al suicidio y qué hay detrás de esta conducta?
Desde el punto de vista psicológico, el intento de suicidio se define desde dos lugares: el “acting”, que es cuando está vinculado a una mostración, que en psicoanálisis tiene que ver con un anzuelo inconsciente donde el sujeto intenta mostrarle algo al otro como una conducta actuada; son, por lo general, los intentos de suicidio que no llegan al acto, suelen ser un llamado de atención. Después tenemos los intentos de suicidio que son como pasajes al acto, donde el sujeto no soporta la angustia; la experiencia de la vida se le hace tan intolerable, tan insoportable, que la única solución que encuentra es un pasaje al acto como el suicidio. De alguna manera, el sujeto no quiere morir; lo que no quiere es la angustia y es lo que encuentra como solución. Pero, más allá de esto, el gran vuelco hoy es de pensar al suicidio desde las condiciones sociales, políticas, culturales y económicas de una época. Por mucho tiempo, el suicidio era tratado como un fenómeno plenamente individual, que tenía que ver solamente con la vida psíquica individual del sujeto, con una dinámica conflictiva personal, y esto hacía que muchas veces el suicidio se asocie a un trastorno en la personalidad o a una psicopatología, y hoy en día está más que claro que no necesitamos un diagnóstico así para que un intento de suicidio o un suicidio llevado a cabo tenga que ver sólo con eso. Los porcentajes de suicidio han subido significativamente. Un informe del Observatorio de Política Criminal (OPC) y del Sistema de Alerta Temprana de Suicidios analizó la evaluación de los suicidios en Argentina entre 2017 y 2025. En 2017 se registraron 3304 muertes por suicidio; en 2025 fueron 5209. La tasa pasó de 8,2 a 11,8 cada 100.000 habitantes, el valor más alto de la serie analizada.
—¿Es correcto pensar que son los hombres los que encabezan las estadísticas?
Sí, desde una variable cualitativa vemos que los varones son los protagonistas más altos de estos índices de suicidios consumados. Esto tiene que ver con que los modos de ser varón en la sociedad cada vez están siendo más complejos; hay algo del ser varón que propone el capitalismo, el consumo, el patriarcado que no se ve cumplido, como ideas de pertenecer, de triunfar, de tener un trabajo. Hoy estamos viviendo una gran crisis económica donde los valores como triunfar en sociedad, como sostén económico, como tener muchos ingresos han sido valores que han ido decayendo en términos estadísticos, y muchos de ellos se ligan al ser varón. El fútbol es un claro ejemplo. Casos de contratos que no se realizan, no tener el éxito que esperaban, etc. Cabe una aclaración: ningún acto de suicidio tiene una causa lineal; no podría decir que las variables culturales o económicas son las causantes de esta realidad, pero tampoco podría negar que son un factor esencial en la lectura. Nunca alcanza reducir un fenómeno individualmente; por eso es un error de abordaje pensarlo desde un solo lugar. Lo primero que hay que mirar para esta problemática son las redes de contención: qué grupos humanos acompañan, qué instituciones, qué condiciones de vida y dignas de vida hay.
—¿Una persona que está atravesando esa angustia insoportable cree que la ayuda que pudieran recibir no le alcanza, por eso toma esa decisión?
Yo adhiero a una corriente que se llama la salud mental latinoamericana, que tiene una idea de sujeto activo y de que el cuidado es horizontal; rompemos con esta idea de que el cuidado viene de los que saben, de los profesionales. Muchas veces ponemos el foco en el sujeto que padece, pero me parece que lo que hay que preguntarse acá es qué dispositivos de cuidados y de ayuda le ofrecemos, porque si no tenés un dispositivo de salud, no tenés una red de apoyo, no tenés una institución en la cual construir filiación y construir vínculo, o si tu padecimiento es a través de las situaciones de consumo. Muchas veces decimos: ¿por qué no busca ayuda? Y yo ahí revierto la pregunta: ¿qué le ofrecemos nosotros desde las instituciones o las políticas de salud y de otros lugares? Salió un plan en salud mental que tiene que ver con empezar a reforzar las redes de cuidado en la provincia, no sólo a través de la información y ampliar las líneas de acceso a la salud, sino también de reforzar otros espacios intersectoriales: los espacios comunitarios, las salitas, la sociedad de fomento, las escuelas. En Bs As hay dos planes que acompañan muchísimo las adolescencias; uno es el Plan Envión, que acompañan trayectorias de vida y escolares, y trabajan territorialmente con las escuelas. Si la escuela detecta que hay una situación de padecimiento, pueden articular con Educación y con otros espacios, donde se arman distintos grupos de pertenencia, por ejemplo, desde el arte, el deporte y otros.
Hay que romper con ese paradigma de que solo del saber médico o desde la psicología puede llegar la ayuda. Yo preparo futuros docentes de arte y yo siempre les digo: para mi ustedes son efectores de salud, no sólo docentes, porque construyen lazo con el otro. Envión articula con un espacio de cine que se llama Bardo del bueno, y surgió como esquema de trabajo que hay que trabajar las pertenencias y vínculos y lazos sociales. Porque las pertenencias tienen que ver con las ideas de futuro, de construir con el otro, de aceptación. Pertenencia es uno con otro. ¿Qué es lo primero que va a poner la ley 26657, que es la ley de salud Mental? El trabajo en comunidad, es decir, afianzar los lazos, como los talleres de cine, los talleres de arte, los talleres de convivencia.
—¿Cómo hace un papá o una mamá para detectar que su hijo/a está en una situación de sufrimiento extremo, algún síntoma que lo pueda llevar al suicidio?
Algo que mostraron los modelos médicos muy tradicionales que se basan en detectar síntomas no han sido efectivos; no han logrado arrojar datos que puedan llegar a ser relevantes propios del suicidio y muchas veces eso termina teniendo los efectos contrarios. Entonces no se trata de detectar, sino de prevenir, y es cambiar algunos posicionamientos en los vínculos.
—¿Cómo se abren los espacios de diálogo?
Deben ser libres y que ellos puedan decir que los aceptan o que no, pero que sepan que esos espacios están habilitados. También el alojar la opinión de los hijos en una mesa familiar es importante.
—¿Tenemos también un contexto complejo donde el adolescente no sabe qué hacer al terminar sus estudios, cómo se transita esto?
Cuando llegamos a los últimos años del secundario, la situación vocacional del adolescente empieza a ser una X que hay que despejar rápidamente, y la construcción de las elecciones no se dan de la noche a la mañana, y esto tiene que ver con los contextos actuales de vida. Hay mucho discurso meritocrático que tiene que ver con la época del consumo de reels, videos donde se dice vos podes, podes cumplir tus sueños; estos relatos de cuentos de hadas donde muchas veces el pibe que vive en el tercer cordón del conurbano bonaerense no tiene ni para cargarse la Sube. Entonces, si el test vocacional le da que puede ser ingeniero, pero el pibe vive lejos y tiene que cargar la sube todos los días y tiene que comprar materiales para ir a la facultad de ingeniería, hay un montón de cosas que, en vez de ser un motor, son un obstáculo.
—¿Cree, licenciado, que los educadores están pudiendo cumplir con este objetivo de prevenir?
Los educadores están haciendo lo que pueden; trabajan con el equipo de orientación. El trabajo con las familias está muy complejo porque trabajan mucho y no pueden asistir a la escuela para charlar; la soledad en los chicos es un fenómeno que los atraviesa. En Bs As funciona el programa “La Salud Mental es entre todas y todos”, que son talleres itinerantes que trabajan la salud mental dentro de las escuelas secundarias y promueven el cuidado de las juventudes.
—¿Tenemos herramientas para lograr que estas estadísticas se reviertan?
La psicofarmacología es un paliativo que pone parches sobre los síntomas, sobre el insomnio, la angustia, las conductas obsesivas, pero si no cambia algo en términos de política y en salud, va a llegar un punto que va a ser contraproducente o no va a tener efecto.
Tal como concluye el licenciado Jorge Prado, la urgencia nos interpela: salvar vidas no es un asunto individual, sino el resultado de construir una trama colectiva capaz de alojar el sufrimiento antes que la angustia se vuelva intolerable.
Sobre el libro: Estas problemáticas y las nuevas formas del sufrimiento juvenil son el eje de “Una Tablet al final del arcoíris”, el próximo libro de Jorge Prado. Una nota que nos invita a reflexionar sobre el lugar que le ofrecemos a las infancias frente a las pantallas y la medicalización, mirando de cerca como están viviendo los niños y adolescentes.




