Mirada de una docente jubilada

Por: Emilia Zucol
Docente Jubilada

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Me jubilé hace seis años.
Seis años sin timbre, seis años sin cuadernos para corregir a la medianoche mientras la familia duerme. Seis años mirando la escuela desde la vereda.
Y hoy, con un largo camino recorrido lleno de hermosos recuerdos y también de otros que te roban una lágrima, me animo a decir lo que me duele: ¡Me da tristeza!
Tristeza por dos situaciones que se presentan a diario en la escuela.
La primera: porque veo que muchos llegan a la docencia pensando en el sueldo. Haciendo el tramo pedagógico como si fuera un trámite más para conseguir trabajo.
Y yo entiendo que hay que trabajar. Pero del otro lado del aula hay un chico, un adolescente, un adulto. Hay una persona que está esperando. Que pone en vos su confianza. Y eso no es un “trabajo”. Es una vocación.
La segunda tristeza es por las familias.
Antes la escuela y la casa íbamos juntas. El docente quedó solo. Que nos piden contención, límites, valores…pero desde casa no siempre llega.
Y la escuela sola no alcanza. Educar es cosa de dos: de la escuela y de la familia.
Yo nunca trabajé de maestra. Yo fui maestra. Fui la que preparaba la clase, aunque estuviera cansada. La que compraba la cartulina para sus alumnos. La que se quedaba un ratito más porque alguien necesitaba hablar.
Enseñar para mí nunca fue volcar conocimientos. Fue encender fuegos. Fue mirar a los ojos.
Hace seis años que me fui del aula, pero el aula no se fue de mí.
Y por eso hoy les digo que hace falta vocación. Hace falta que la escuela y familia vayan de la mano de nuevo.
Estoy agradecida por cada alumno que recorrió el camino junto a mí, por cada risa compartida, por cada “gracias profe”.
Me siento orgullosa de esa vocación que marcó gran parte de mi vida, pero quisiera recordarles: Ser docente es una vocación, que no se olviden que cuando entramos a un aula, entramos a la vida de alguien.
Y esa vida se educa entre todos.

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