No son vacaciones

Por: Redacción enelAula

Cada invierno repetimos la misma frase: «empiezan las vacaciones». Sin embargo, el calendario escolar argentino habla de receso invernal. No es una cuestión de palabras. Es una pausa dentro del ciclo lectivo con fundamentos pedagógicos, históricos y sanitarios que siguen teniendo vigencia.

receso invernal

¿Por qué seguimos llamando vacaciones a un período que el propio calendario escolar define como receso?

Cada mes de julio la escena se repite. Las escuelas cierran sus puertas por dos semanas y, casi automáticamente, hablamos de «vacaciones de invierno». La expresión está tan incorporada a nuestro lenguaje que pocas veces nos detenemos a pensar si realmente describe lo que ocurre.
El calendario escolar argentino utiliza otro término: receso invernal. Y no es una elección casual.
Las vacaciones marcan el final de un período de trabajo. El receso, en cambio, representa una pausa dentro de un proceso que continúa. El ciclo lectivo no termina; simplemente se detiene para recuperar energías, reorganizar las actividades y afrontar la segunda mitad del año con nuevos desafíos.
Hay otro dato que suele pasar inadvertido. En Argentina no todas las provincias realizan el receso al mismo tiempo. Cada jurisdicción define sus fechas de acuerdo con las características climáticas, sanitarias, turísticas y organizativas de su región. Si fueran simplemente vacaciones, ¿por qué comenzarían el mismo día en todo el país? La respuesta es sencilla: porque forman parte de una planificación educativa que busca responder a realidades muy diferentes entre sí.
Detrás del receso invernal también hay una historia. Mucho antes de los avances sanitarios, de las campañas de vacunación y de los sistemas de vigilancia epidemiológica actuales, el invierno representaba un período de mayor circulación de enfermedades respiratorias. Las escuelas, como espacios de encuentro cotidiano, favorecían la propagación de esos cuadros. A eso se sumaban las dificultades para calefaccionar muchos edificios escolares y las condiciones climáticas que, especialmente en algunas regiones del país, complicaban la asistencia. Así comenzó a consolidarse la idea de establecer una pausa durante las semanas más frías del año. Con el tiempo, la medicina avanzó y la infraestructura escolar mejoró, pero el receso se mantuvo porque demostró ser una herramienta útil tanto desde el punto de vista sanitario como pedagógico.
Claro que para muchos chicos estas dos semanas serán sinónimo de descanso, de viajes o de tiempo en familia. Y eso está bien. Descansar también es parte del aprendizaje. Pero no todos viven el receso de la misma manera. Mientras algunas familias pueden organizar actividades recreativas, otras continúan con sus rutinas laborales y hacen un enorme esfuerzo para reorganizar el cuidado de sus hijos.
Quizá por eso convenga ampliar la mirada. El receso no debería convertirse únicamente en tiempo libre frente a una pantalla. Puede ser una oportunidad para leer un libro elegido por placer, visitar una biblioteca, recorrer un museo, caminar por una plaza, cocinar en familia, conversar sin apuros o, simplemente, recuperar el valor de aburrirse un poco. Muchas veces, de ese aparente aburrimiento nacen la creatividad, la imaginación y las mejores preguntas.
La educación no ocurre solamente dentro de las aulas. La escuela ocupa un lugar insustituible, pero también educan las familias, los clubes, las bibliotecas, los espacios culturales y las experiencias cotidianas. El receso puede ser, justamente, el momento en que esos otros escenarios cobren protagonismo.
Tal vez haya llegado el momento de empezar a llamar a las cosas por su nombre. No para corregir una expresión instalada desde hace décadas, sino para recordar que aprender no se suspende durante dos semanas.
La escuela hace una pausa. La educación, afortunadamente, no.

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